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El segundo relato nos lleva a una gasolinera perdida en la noche. Una chica trabaja sola mientras se difunde la noticia de un asesino suelto en la zona. Es probablemente la historia más simple y directa de las tres, casi un ejercicio de tensión pura. Carpenter aquí cede la dirección a Tobe Hooper (The Texas Chain Saw Massacre), y se nota: la atmósfera es más seca, más sucia, más cercana a una pesadilla nocturna de carretera. Tiene ese aire de cuento breve pensado para verse tarde, con la televisión encendida y la cinta ya un poco gastada.

La tercera historia es quizá la más extravagante: un jugador de béisbol sufre un accidente y recibe un trasplante de ojo… que resulta pertenecer a un asesino en serie. A partir de ahí, paranoia, violencia y una idea tan absurda como fascinante. Dirigida por Larry Sulkis, incluye un cameo notable de Mark Hamill en un papel muy alejado de Luke Skywalker, algo que siempre suma puntos cuando hablamos de rarezas noventeras.

La primera vez que pude ver Body Bags fue gracias a mi hermano, que la alquiló en VHS en un videoclub. Y eso se siente. Esta es una película que huele a estantería de cintas, a carátulas gastadas y a visionados nocturnos sin expectativas. No es una gran película, pero tiene ese encanto propio de las producciones de terror de principios de los 90, con imperfecciones visibles y una nostalgia difícil de replicar hoy.
