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Con esta publicación quiero extender algo que hace un tiempo comenté brevemente en las historias de mi Instagram. Hace poco ocurrió algo hermoso y bastante insólito: Good Boy, una película protagonizada por un perro, no solo llamó la atención del público sino que terminó siendo nominada y ganando un premio cinematográfico oficial (Astra Film Awards, 2026). Un perro. Sin discursos interminables, sin campañas de prensa, sin frases ensayadas frente al espejo. Solo carisma, presencia y cuatro patas.

Lo curioso es que el cine ya había estado a punto de premiar a un perro hace casi un siglo y decidió no hacerlo. En la primera edición de los premios de la Academia, la leyenda cuenta que Rin Tin Tin, la gran superestrella canina del Hollywood mudo, habría ganado por votación el Oscar a Mejor Actor. El problema fue que a la Academia no le gustó nada la idea de entregar su flamante estatuilla a un animal, porque, aparentemente, eso “desvalorizaba” el premio.

La solución fue tan elegante como cuestionable. Le quitaron el premio al perro y se lo dieron a un humano. Ese humano fue Emil Jannings.

Jannings no era un actor cualquiera. Fue una enorme figura del cine alemán y, con el tiempo, uno de los rostros más reconocibles del cine nazi. Tanto, que cuando la guerra empezó a torcerse y el futuro dejó de verse prometedor, tuvo una idea desesperada y bastante patética: andar siempre con su Oscar encima.

Según se cuenta, llevaba la estatuilla a todos lados como si fuera un salvoconducto dorado, convencido de que, si algún día se encontraba con soldados estadounidenses, podría levantar el Oscar y decir algo así como que él también era parte de Hollywood. La imagen de un actor nazi aferrado a un premio que, según la historia, nunca debió ser suyo, es tan absurda como reveladora.

Uno de los mayores éxitos de Jannings fue Ohm Krüger (1941), una película producida por el régimen nazi. En ella, los villanos eran los británicos, y el gran horror que se mostraba en pantalla era ver a alemanes enviados a campos de concentración. Eso era lo verdaderamente aterrador para el público nazi: alemanes encerrados, humillados y muriendo en campos.

Vista hoy, la película resulta una ironía brutal. El mismo régimen que estaba construyendo el sistema de exterminio más grande de la historia produciendo una obra donde los campos de concentración eran una pesadilla, siempre y cuando les pasara a ellos. Una suerte de terror involuntario, propagandístico y profundamente cínico.

Y acá viene la confesión incómoda. Pese al contexto terrible, tengo que admitir que el póster de Ohm Krüger me encanta. Es potente, exagerado, dramático y visualmente impecable. Un ejemplo perfecto de cómo el cine y el diseño pueden ser fascinantes incluso cuando están al servicio de ideas repugnantes. Analizarlo no es celebrarlo, es entender cómo funciona la maquinaria.

Muchísimos años después, un perro finalmente recibe un reconocimiento sin que nadie diga que eso desvaloriza nada. Sin que le quiten el premio para dárselo a un propagandista del horror. Tal vez el cine no haya aprendido demasiado, pero al menos esta vez, el perro ganó.

¿Qué tiene que ver el régimen nazi con el premio de un perro? Bueno, en Cine de Medianoche ocurren estas cosas. La historia se mezcla, y, curiosamente, termina entrelazándose.

Good Boy
cuenta la historia de un perro que acompaña a su dueño en una situación límite, observando el mundo humano con una mezcla de lealtad, desconcierto y sensibilidad. La película evita el sentimentalismo fácil y apuesta por una mirada íntima, muchas veces silenciosa, donde el punto de vista canino no es un truco simpático, sino el verdadero corazón del relato. No es una película “sobre un perro” en el sentido clásico, sino una historia sobre nosotros, vista desde alguien que no entiende nuestras reglas, pero las sufre y las acompaña igual. 


 Les dejo el tráiler: