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La solución fue tan elegante como cuestionable. Le quitaron el premio al perro y se lo dieron a un humano. Ese humano fue Emil Jannings.
Jannings no era un actor cualquiera. Fue una enorme figura del cine alemán y, con el tiempo, uno de los rostros más reconocibles del cine nazi. Tanto, que cuando la guerra empezó a torcerse y el futuro dejó de verse prometedor, tuvo una idea desesperada y bastante patética: andar siempre con su Oscar encima.
Según se cuenta, llevaba la estatuilla a todos lados como si fuera un salvoconducto dorado, convencido de que, si algún día se encontraba con soldados estadounidenses, podría levantar el Oscar y decir algo así como que él también era parte de Hollywood. La imagen de un actor nazi aferrado a un premio que, según la historia, nunca debió ser suyo, es tan absurda como reveladora.

Uno de los mayores éxitos de Jannings fue Ohm Krüger (1941), una película producida por el régimen nazi. En ella, los villanos eran los británicos, y el gran horror que se mostraba en pantalla era ver a alemanes enviados a campos de concentración. Eso era lo verdaderamente aterrador para el público nazi: alemanes encerrados, humillados y muriendo en campos.
Vista hoy, la película resulta una ironía brutal. El mismo régimen que estaba construyendo el sistema de exterminio más grande de la historia produciendo una obra donde los campos de concentración eran una pesadilla, siempre y cuando les pasara a ellos. Una suerte de terror involuntario, propagandístico y profundamente cínico.

Y acá viene la confesión incómoda. Pese al contexto terrible, tengo que admitir que el póster de Ohm Krüger me encanta. Es potente, exagerado, dramático y visualmente impecable. Un ejemplo perfecto de cómo el cine y el diseño pueden ser fascinantes incluso cuando están al servicio de ideas repugnantes. Analizarlo no es celebrarlo, es entender cómo funciona la maquinaria.
Muchísimos años después, un perro finalmente recibe un reconocimiento sin que nadie diga que eso desvaloriza nada. Sin que le quiten el premio para dárselo a un propagandista del horror. Tal vez el cine no haya aprendido demasiado, pero al menos esta vez, el perro ganó.
